domingo, 30 de enero de 2011

Permiso para subir a la cornisa (René Rodríguez Soriano)

Para Lucía

TOQUÉ LAS PUERTAS DE LA RISA Y ME BURLARON. Pisé los adoquines, las esquirlas y las alfombras de un tequiero almidonado. Trepé los aposentos de la espuma, del miedo y del espanto. Me adentré. Anduve. Troté. Esquivé salté y me empujaron. Los verbos, los sujetos, los objetos (y el otoño, con su crujiente cortina de hojas idas), cedieron, me abrieron paso hasta allá, al mismo fondo del olvido.} Olvido, creo que dije. Llamé. Grité. No respondieron mi llamado. Pienso que me senté (no lo recuerdo ahora, pero no importa), sobre una tarima de palabras, de versos, de jirones, de aliento. Un alfabeto adusto y ocre me desató de un tajo los zapatos. Me penetró hasta el metacarpio de las penas. Me hirió y sangró conmigo a la bartola, hasta el alba. Soñamos y, hechos carne y uña, dedo y llaga, despertamos ante el umbral impresionista de un sueño a campo abierto, luz del viento, una muchacha. Una muchacha loca y amplia, una muchacha ebria es el olvido.
Una muchacha en mangas de camisa, desmadejando al aire negrísimos cabellos, trotando manisuelta por las sórdidas melenas de la tarde. Una muchacha triste, con ojos de aguaclara y despoblada, con música, con góndolas, con labios y amapolas, dramática, sinfónica, mordaz. Una muchacha lúdica, pálida como una lámpara en el baldío. Una muchacha púb(l)ica, coral, sola y difusa, y el olvido. Permiso, dije para entrar, y entré al olvido. Abracé a la muchacha. Mondé el poema por su esquina más dúctil y lo engullí. Era un poema fibroso, carnal, de jugos transeúntes y embriagantes, tan limpio como el fuego. Metálico, frutal.
Un poema lavado de recuerdos, óptimo para el olvido. Había perdido la memoria en un recodo del camino. Era un poema erecto, viril, con su guitarra blasonada de silencios, con la alegría rota en un falsete y la tristeza muerta y desolada. Un poema desnudo, como la muchacha en mangas de camisa. Un poema sin nombre, como todos los hombres.
Estoy dentro -dije- y no me salgo. Enciendo de mis pipas la más bella, la de espumas de mar, y te invito a que entres y te siente. Toca. Palpa. Desnuda a la muchacha. Restriégate el poema por el iris, por las carnes. Te invito: entra al olvido, no hacen falta artimañas. Aquí, plácido el poema, con toda la piel poblada de amarguras, latiendo en carne viva, te invita a sentar reales. Ven, no te acobardes. Oye al olvido, diciendo el nombre de las cosas por su nombre. Contándonos su historia sin historia. Y Heráclito, su fuego, los puentes y los gatos y los pasadizos. El hombre olvida. El poeta olvida. El amigo. Toda una geografía que palpita a borbotones, mentando madres, diciendo amor como bazooka, ardiendo en llamas de ternura, óyelo. No es un paisaje acompasado y mustio. No es un cassette para colección. Es más... ...olvida, ya no podrás salir. Eché las siete llaves del olvido.

* René Rodríguez Soriano. República Dominicana.  Web del autor. En Letralia.

miércoles, 26 de enero de 2011

Sueño de invierno (Elena Buixaderas)

La calle estaba en penumbra y las aceras brillaban bajo la luz mortecina de las farolas, reflejando difusamente unas gotas de lluvia. Hacía frío y algunas hojas muertas revoloteaban en remolinos en torno a los bordillos. Se oía el eco de pasos apresurados en medio del silencio. Sara llegó a la plaza y se sentó en uno de los bancos. Como cada tarde, tenía la mirada clavada en la puerta de un viejo edificio y su cuerpo sufría un sobresalto cada vez que esta se abría. No importaba que lloviera o soplara un viento helador; todos los días estaba allí, a la misma hora. Llegaba con el paso apretado y el corazón anhelante y se sentaba siempre en el mismo banco. Por fin, tras una espera no muy larga pero que a ella se le hacía interminable, aparecía él.  Bajaba las escaleras con sus libros de arte debajo del brazo, charlando con algunos compañeros, y luego, con determinación, cruzaba la plaza, pasaba cerca del banco donde ella se encontraba y se perdía entre las sombras.
                Siempre estaba tentada de levantarse y de seguirle; pero una mano invisible surgía mágicamente del banco y la atenazaba con fuerza, reteniéndola en contra de su voluntad. Se quedaba allí, quieta y pensativa, deseando haberse rebelado, haberse levantado y haber provocado un encuentro. Sin embargo, aquel día él no cruzó la plaza como de costumbre, sino que se dirigió hacia el banco en el que ella esperaba, se sentó a su lado, acercó sus labios a los de ella y la besó.
                Sin saber cómo, y en lo que a ella le pareció un instante, llegaron a un pequeño estudio. Había lienzos desparramados por doquier y un tenue olor a pintura flotaba en el aire. Sara no pareció percatarse de nada de esto. Para ella solamente existían bocas ansiosas y manos ávidas, y la urgencia de un deseo que había permanecido latente durante demasiado tiempo. Sus cuerpos se buscaban en la penumbra, tanteando el peligro de lo desconocido y la excitación de lo largo tiempo esperado. En medio de los jadeos y de las respiraciones entrecortadas vio el rostro de él delante de su cara, un rostro que ella conocía bien pero que nunca había tenido tan cerca. Los ojos oscuros y profundos penetraban en su alma con la suavidad hiriente del acero. El largo cabello, castaño y rizado, se agitaba mezclándose con el suyo. Podía sentir el contacto de su barba con un suave cosquilleo en los labios. Se dejó llevar por la marea de las sensaciones sin pensar en nada. Cada vez más deprisa, cada vez más urgente. La tensión iba creciendo y estaba a punto de estallar, como si un géiser fuese a brotar violentamente de su cuerpo en medio de una explosión de placer. Entonces, despertó.

                Se sintió confundida y excitada. La ansiedad había hecho  presa en su alma y no quería soltarla. De nuevo tenía aquellos sueños que la torturaban al despertarse y la sombra de la culpa oscurecía su rostro. Se sentía atrapada. Quería huir de los sueños; pero también disfrutaba con ellos, ya que constituían la única forma de dejar libres sus sentimientos, la única forma de poder sentir lo que durante el día  le  estaba  vedado.  Algunas noches llegaba a la cama deseando olvidarlo todo, deseando correr una cortina opaca sobre sus ilusiones, infundadas y absurdas, que le asfixiaban el cerebro presionándolo con latidos de falsa esperanza. Sin embargo, algunas veces, cuando la tensión se hacía insoportable, el camino de los sueños era la única vía de liberación posible. En ellos le era dado sin temor lo que el resto del tiempo se le negaba.
                Se sentó en la cama con las rodillas encogidas y apoyó la barbilla en ellas. Era un callejón sin salida. Su razón decía que debía apagar aquel fuego que ardía en su pecho llenando de cenizas su alma, ya que sólo podía causarle dolor. Él era el hombre equivocado.  No debía desearlo, ni siquiera en sueños; pero era algo que no podía evitar. Aunque su cerebro se empeñara en encerrar sus sentimientos bajo una campana de cristal, éstos existían, y la torturaban con una calma exquisita.
                Al principio no se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo. Entre el cariño comenzó a brotar una pequeña agitación que procuraba desdeñar y, para cuando supo de lo que se trataba, fue demasiado tarde. Se apoderó de todo su cuerpo y de sus pensamientos dejándola asustada y confundida.
                El dormía algunas veces en la habitación contigua, con su hermana y, esas veces, podía escuchar los sonidos de la pasión a través de la pared. El dolor se hacía insoportable. Lo sentía muy dentro, en el abismo del corazón, desde donde se extendía hacia todo su cuerpo. La náusea se apoderaba de ella como un fantasma oscuro y frío y ella se dejaba arrastrar. Apretaba la cara contra la almohada para ahogar su llanto y, mientras, imaginaba que estaba ocupando el lugar de su hermana en ese momento.
               
                Oyó que alguien se levantaba. De nuevo las palpitaciones. Sabía que era él. Tenía que verlo antes de que se marchara, así que se levantó y se vistió a toda prisa.

                Se sentaron juntos para desayunar. Mientras hablaban, Sara no dejaba de mirar sus labios, sus rizos desordenados, su barba, sus penetrantes ojos. No estaba escuchando. Solamente pensaba en que a pesar de que nada era real, ella conocía sus besos. Sabía cómo eran sus caricias y la expresión de esos ojos al hacer el amor.  Lo sabía porque lo vivía casi cada noche, en sus sueños, y él, ajeno a todo, lo ignoraba con inocencia. De pronto, pudo escuchar entre la maraña de sus pensamientos:
  - ...me gustaría pintarte...
  -¿Qué has dicho? -preguntó sorprendida, creyendo que no había oído bien.
  -Sara, no me has escuchado en absoluto. Te estaba diciendo que el óvalo de tu cara es precioso y que quedarías muy bien en un retrato. Me gustaría que vinieras a posar un día en el estudio para hacerte unos bocetos y para pintarte.
                A Sara le temblaron las piernas y se le atragantó el café. ¿Estaba viendo una mirada que quería decir algo más o era tan sólo otra de sus fantasías?.
  -Y ¿por qué no pintas a alguna de tus alumnas? -logró articular finalmente.
  -No, no. Eso sí que no. -Se rió él- Crearía situaciones delicadas y comprometedoras. Ellas son adolescentes y están predispuestas a enamorarse de un profesor joven que les preste un poco de atención, aunque sepan que tiene novia. En cambio contigo no tengo ese problema, o ¿sí?. -Una hermosa y amplia sonrisa inundaba su rostro.- Bueno, tengo que irme a clase.
                Depositó un beso en su frente y ella se estremeció. Al oír el ruido de la puerta que se cerraba suspiró aliviada; sin embargo su imaginación se puso en marcha y comenzó a torturarse intentando encontrar el verdadero significado de lo que acababa de ocurrir.  ¿Por qué sus labios pronunciaban unas palabras cuando sus ojos expresaban otras?. ¡Cómo le hubiera gustado acariciarlo entonces y decirle todo lo que sentía!. Liberar definitivamente las cadenas que mantenían cautivo a su corazón y dejar que descansara. Pero era imposible. Seguiría prisionera de sus sentimientos.
                Permaneció sentada un buen rato, con la mirada perdida, recordando cada una de las situaciones en las que había logrado estar a solas con él. Eran escasas, pero tan intensas... En cada una de ellas la magia flotaba en el aire y unos hilos invisibles surgían de sus cuerpos y se entrelazaban cada vez más profunda y enrevesadamente. ¿Quién decía que el amor era cuestión de química?. Era más bien magnetismo. Como si cada ser fuese un gran imán que se siente irresistiblemente atraído o repelido por otro.  Flota en el aire, creando una tensión atractora entre determinados seres. Por ello surge sin avisar, sin lógica, y atraviesa cualquier barrera y cualquier prejuicio. Por ello a veces se siente cuando no se debe o con quien no se debe.
                Esta era la imagen que ella tenía del enamoramiento. Cada vez que él estaba a su lado sentía una poderosa fuerza que la empujaba hacia él y tenía que hacer sinceros esfuerzos para resistirse a ella. Era algo tan intenso que si algún día no estaba suficientemente alerta podría dejarse arrastrar hasta que sucediera, como en sus sueños. Sería delicioso; pero no podía traicionar a su hermana y traicionar sus propias creencias sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal. No debía hacerlo. Pensaba en lo enrevesadas y enigmáticas que eran las relaciones humanas. ¿Por qué no sentía esto hacia otra persona que no fuera él?. No podía ahogar un sentimiento surgido espontáneamente y se preguntaba cómo iba a resistirlo siempre.
                Su hermana se había levantado ya y se disponía a sentarse a su lado. Sara la miraba intentando ocultar la culpa que se cernía sobre sus ojos.
  -¡Qué temprano te has levantado esta mañana! -escuchó.
  -Oh!...es que he quedado para hacer unas cosas -mintió con vaguedad premeditada.- Será mejor que me vaya o llegaré tarde.
  -¿Has desayunado con tu querido cuñado? -le preguntó con sorna su hermana.
                Sara hizo una mueca de disgusto. Cuñado. ¡Qué palabra tan fea!. ¿Tendría  algo  que  ver  con  una  cuña?. Bueno, en realidad no importaba. Además él no era realmente su cuñado, era el novio de su hermana y bastante tenía con aquello como para andar dándole un tono más oficial. Procuró cambiar el gesto y contestar sin demasiada reticencia.
  -Si. Se ha ido hace un rato. -Entonces decidió tener algo de franqueza.- Por cierto, me ha dicho que, si quiero, me pintará en un retrato. ¿Qué te parece?
  -Eso es estupendo. Supongo que se habrá  aburrido de pintarme siempre a mí y además... tú eres mucho más bonita que yo. Le quedará mejor el cuadro.
                A Sara le cosquilleaba el estómago. ¿Era tan sencillo?. Así de fácil?. Le parecía estupendo, eso había dicho. No sospechaba ni por lo más remoto que podía suceder algo extraño porque tampoco imaginaba que ella sentía algo más que cariño hacia él. Se marchó de casa apresuradamente, como si realmente llegara tarde a alguna parte y, acaso ingenuamente, dirigió sus pasos hacia la plaza con bancos con la que soñaba tan a menudo. Se quedó mirando hacia el viejo edificio, con sus aulas desconchadas y un poco húmedas. Allí dentro existía un mundo ajeno a ella y por el que nunca había sentido ninguna curiosidad... hasta que él apareció. ¿Le esperaría algún día como en su sueño, tal vez sentada en uno de esos bancos?. No se había atrevido a preguntárselo hasta ahora. Y ahora supo que sí lo haría.

                Había comenzado a nevar de forma tenue y constante y Sara se escondía debajo de su paraguas. Su abrigo estaba salpicado por pequeñas motitas blancas que se quedaban delicadamente prendidas de él. Se acercó a la enorme puerta de madera y esperó. Desde la parte más alta de las escaleras de piedra observó los bancos que paulatinamente ocultaban su color oscuro bajo un blanco resplandeciente. Las ramas desnudas de los árboles se asemejaban a huesudas articulaciones. Un escalofrío agitó su cuerpo, un escalofrío que no sólo estaba producido por la baja temperatura sino por la mezcla de excitación, nerviosismo y duda que experimentaba. El frío se estaba haciendo más agudo por momentos y decidió esperar dentro. Empujó la puerta y, sin llegar a entrar, se tropezó con él, que salía. Se estaba colocando un gorro de lana y trataba de guardar todo su pelo dentro de él. Sin dejar de hacerlo se aproximó a ella y le dio un beso en la nariz.
  -¡Qué nariz más fría! -comentó sonriente.- No sabía que ibas a venir a esperarme. Ha sido una agradable sorpresa.
                Sara se turbó un poco y quiso disculpar su atrevimiento.
  -Verás... mi hermana no viene a comer hoy y pensé‚ que si tenías tiempo podíamos comer juntos y empezar con el retrato.
                Ya estaba. Para bien o para mal, ya estaba dicho. Ahora podía escuchar su aceptación o su negativa. Habían salido del edificio y estaban bajando las escaleras. Él todavía no había respondido a su oferta y las escaleras estaban llegando a su fin. Según lo que contestara, ella tomaría una dirección u otra; sin embargo permanecía mudo. Cuando alcanzaron el final de las escaleras Sara se detuvo. Él la miró con extrañeza.
  -¿Por qué te has parado aquí?. ¿No vamos a mi casa?.
                Sara se quedó con la boca abierta y una frase quedó sin pronunciar entre sus labios. Algunas veces parecía una estúpida. Sus heladas mejillas sufrieron un súbito aumento de temperatura. Reanudó el paso sin mirarle a la cara. Él hizo un comentario jocoso acerca del color de sus mejillas y Sara, molesta, le dio un coscorrón. Entonces se estableció un juego entre ambos, como una pelea de niños en la que las caricias se reprimen y en su lugar hay pellizcos y cosquillas. De vez en cuando se entablaban este tipo de peleas cariñosas entre los dos, normalmente provocadas por los comentarios punzantes de alguno de ellos. Eran un juego en el que medían sus fuerzas y eran una fachada tras la cual podían tocarse de forma infantil y acercarse más de lo que hubieran podido hacer en otra situación. Los dos las deseaban, mas no osaban traslucirlo. Tenían que mostrar disgusto para darles autenticidad; aunque no siempre lo conseguían. Y ésta terminó siendo una especie de baile sobre la nieve.
El la había cogido por la cintura y ella estaba dando vueltas en el aire. Cuando la depositó en el suelo con suavidad, clavó sus ojos en ella fijamente. Sara tembló. Estaba reconociendo en aquellos ojos lo que ella solía expresar con los suyos y sintió un miedo repentino. Se soltó y comenzó a derramar palabras sobre lo primero que pasó por sus pensamientos. Nunca había sentido tanta tensión concentrada en un instante. Por primera vez creyó que él podía sentir algo hacia ella y esto la asustó más de lo hubiera sospechado. Podía suceder. Ya no era una fantasía que existiera únicamente en sus sueños; sino que se podía convertir en realidad. En un momento en el que él había bajado la guardia habían asomado a sus enigmáticos ojos las emociones contradictorias y el deseo contenido y ella lo había comprendido. Aunque intentaran hablar con  normalidad, había sucedido algo mágico en ese breve instante,  con esa mirada, y bajo sus abrigos latían sus corazones de un modo desconocido hasta entonces.
               
                Cuando llegaron al estudio Sara no podía recordar sobre qué habían estado hablando durante el trayecto. Apenas comieron. El nerviosismo había anudado sus estómagos. Sara era consciente de estaba caminando descalza sobre un sendero de espinas y de que podía clavárselas muy profundamente.
                Mientras permanecía inmóvil, con la luz iluminándola desde una ventana, él la observaba minuciosamente para tratar de dar a cada pincelada el espíritu adecuado. Las pestañas, el arco de las cejas, la nariz, el contorno de los labios... Nunca nadie la había mirado de aquella forma, intentando adentrarse en su yo más profundo para extraer toda su belleza. Se sentía invadida y, al mismo tiempo, halagada. Podía sentir la mirada de él deslizándose sobre cada rincón de su cara, como una caricia liviana y delicada, como si un ciego estuviera palpando con sus dedos cada centímetro de piel para descubrir cada uno de sus rasgos. Una inquietud creciente se iba apoderando de su cuerpo. Quería levantarse.  Quería salir de la estatua de piedra en la que se sentía  encarcelada  y acercarse a él para comprobar si realmente su boca encerraba los encantos  que  no podía recordar aunque sí soñar. La suavidad, la dulzura, la pasión inflamada. Todo estaba por suceder. Todo pertenecía al futuro. Quizá  si diera el primer paso todo ocurriría precipitadamente y no hubiera tiempo para pensar en culpas. Sí. Eso era. Tenía que actuar sin titubeos; sin embargo permanecía inmóvil, como si en realidad estuviera prisionera en el interior de una estatua. De nuevo la mano invisible del miedo surgía y la atenazaba. Miedo al rechazo, miedo a la burla, miedo a haber interpretado mal lo que había visto en sus ojos. ¿Experimentaría él también alguna de estas sensaciones?. No, eran vanas ilusiones, decía su razón. Sí, es posible, decía su intuición.
                Y él, a escasos metros de distancia, experimentando los mismos conflictos, la misma culpa, el mismo miedo, continuaba dando pinceladas sobre un lienzo que había sido una excusa y, mientras tanto, procuraba contener el terrible impulso de acercarse a ella y sucumbir a una tentación tan antigua como el universo y que lo estaba volviendo loco.

                Eran como volcanes. Volcanes que podían entrar en erupción dentro de un segundo, de una hora, de un día; o de un mes, o de un año. O podían esperar latentes toda la vida. Ninguno de los dos sabía lo que sucedería pero se quedaron con la respiración contenida, deseando que ocurriera en el segundo siguiente.

* Elena Buixaderas. Vitoria,  28 de Enero de 1994. Perfil.

martes, 25 de enero de 2011

Cuentos Breves Entretenidos (Ernesto Langer Moreno)

LAS VUELTAS DE LA VIDA

Ana María Alejandra del Carmen
Asunción Regina Erminda Violeta
Una mujer más bien tímida, sin gracia y casi imperceptible,
recibió una cuantiosa herencia
de una tía solterona y distante.
Se conmovió tanto con la noticia, que cuando dispuso de la plata
cambió su nombre por el de su generosa benefactora:
Olga Martina Dulcinea Ruperta Dolores
Mercedes Anastasia Colette
Y desde entonces, además, exigió que le llamaran por todos sus nombres.
Especialmente a sus ahora numerosos pretendientes.


PARA QUEDARSE CON LA DUDA

Se cansó de esperar
( todo tiene su límite )
Y se fue. ... por eso no alcanzaron a crearlo.


AMOUR DANGEREUX

Era un riesgo. Ellos lo sabían. Amarse puede llegar a costar caro.

Pero las hormonas rara vez hacen concesiones.
Por lo que continuaron decididos.
En el motel se maltrataron, se mordieron, se escupieron y hasta se
refregaron
el uno contra el otro sobre la cama o el suelo.
Después volvieron cada uno a sus respectivos domicilios,
sin saber lo que les esperaba.

A él le pusieron un revólver en la sien.
A ella la abandonaron con los niños.

Y a Cupido le cortaron los testículos... por inconsciente.


INCREDULIDAD

La enviaron del más allá con un propósito.
Nadie mejor que ella para dar testimonio
así es que le dio rienda suelta a su lengua.
Pero tanta revelación amenazó con desincentivar a los oyentes.
Es difícil creer que alguien ha vuelto del otro lado.
Aunque ella se elevara por instantes del suelo.
No debía ser más que un buen truco para darle más color al espectáculo.
El clímax sin embargo llegó cuando ella, quitándose la ropa,
dejó ver su cuerpo completamente invisible y comenzó a brillar
encandilando al auditorio.
Ahí se convencieron todos. Y se maravillaron
de los increíbles avances de la técnica.
Y aplaudieron ..... porque un truco así no lo hace cualquiera


ASI ES LA VIDA

Las alcancías se iban llenando a medida que el tiempo pasaba.
Era un buen día.
La lengua no les había parado y los incautos se
desprendían de sus monedas.
Al llegar la noche se habían hecho de una pequeña fortuna
y su goce era magnífico.
Luego se fueron caminando hacia su casa y al doblar una
esquina,
tres enormes brutos armados hasta los dientes, los asaltaron :
la bolsa o la vida.
Dejándolos como al principio sin un cobre.


UN DIA TERRIBLE.

El microbús entero parecía sudar por las ventanas, apretado por el tráfico
entre otras sofocadas máquinas. Era un día sin dudas sobrecargado, empozado
en medio de un calor amenazante. Nadie decía nada y a lo más el gesto era
para limpiar el sudor de la frente o del cuello. El chofer dobló a la
izquierda y tuvo que hacer algunas maniobras con sus brazos transpirados.
El vehículo se pegó al suelo. Las espaldas se pegaron a los respaldos de
plástico. Luz amarilla... Luz roja. El accidente fue inevitable. Los frenos
no respondieron. El pedal derretido se pegó a la suela del zapato. Nadie
estaba suficientemente lúcido para preveer ese estrellón. Llegaron los
carabineros. Se juntaron los curiosos. El noticiero de las ocho dió cuenta
de la terrible ola de calor. Los pasajeros descansan ahora, fríos.. ... en
la morgue.

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( cuentos del libro " cuentos breves entretenidos y felices" )
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* Ernesto Langer Moreno. Web personal.


domingo, 23 de enero de 2011

Gómez y señora (Gabriel Trinidad Ruiz)

Gómez es un individuo retraído y delgaducho que sería moreno si sobre su cabeza quedara algún vestigio de cabello. Frente a su galopante miopía se proyectan dos gruesas lentes redondeadas que asientan, unidas por el yugo de una montura metálica, sobre la protruyente base de su apéndice nasal y hunden en sus ojos saltones cuando mira de frente. Para disimulo y encubrimiento del ausente entramado capilar, gusta vestir un singular bombín, a juego con los lustrosos zapatos que obtuvo por el mismo precio cuando adquirió el traje gris oscuro que suele lucir los martes, día de pago en la fábrica de calcetines en la que trabaja como supervisor del elástico.
A lo largo de los cincuenta y tres años que contempla en el espejo cuando se afeita cada mañana, Gómez ha hecho de todo antes de conseguir su actual empleo, desde doblar pañuelos de papel para su posterior empaquetado, hasta peinar caniches en la pajarería del centro comercial.
Precisamente fue en uno de sus innumerables trabajos donde conoció a la que tres años después se convertiría en su esposa. Entonces tenían ambos treinta y pocos años y habían sido contratados por una empresa autónoma dedicada a la promoción de los juegos de azar y en cuyo local se servían licores de fabricación propia. Es decir, trabajaban en un casino ilegal que albergaba, ocultaba y explotaba un alambique clandestino.
Por supuesto, ni Gómez ni su futura tenían conocimiento de los detalles financieros de su patrón, y eso fue precisamente lo que les libró de ingresar por unos años en la reserva inactiva presidiaria. Desde entonces, al principio para no violar la condicional, Gómez y señora han trabajado siempre alejados de los flexibles límites de la ilegalidad, y sus únicos contactos con el mundo carcelario se han reducido a varias visitas, repartidas en los primeros años, a su arruinado ex-jefe para consolarle por la injusta y amarga privación de su libertad.
La señora de Gómez es una rubia que habría preferido ser explosiva en lugar de escuálido palo de fregona pero que, en su juventud, tuvo cierto éxito entre las verdes hordas de infelices que salían los fines de semana de la base militar próxima a su casa. En la actualidad, se encuentra entregada por completo a las ingratas labores domésticas, aunque aún tiene tiempo para compaginar su duro trabajo con el visionado para su estudio con fines no comerciales de teleseries y concursos matinales.
Ciertamente Gómez y señora forman una peculiar pareja que en ningún momento ha dejado caer su matrimonio en la rutinaria monotonía. De hecho, desde que el día de su boda descubrieron el uno del otro la existencia de un secreto, no han cejado un instante en el intento de descubrirse mutuamente.
Todo empezó como digo la noche de bodas, cuando, entre los jadeantes y apresurados comentarios propios de la intimidad marital, Gómez pronunció entrecortadamente un nombre: Helga... Lo cierto es que el hecho en sí no parece en realidad revestir la menor gravedad, y en principio no lo haría si no fuera porque el verdadero nombre de la reciente señora de Gómez era y sigue siendo Saturnina, apelativo por cierto que, aparte de no parecerse en absoluto al desafortunadamente pronunciado, era de sobra conocido por el incauto marido.
Antes incluso de darse cuenta del error cometido, Gómez se encontraba ya, los dientes en la moqueta, comprobando de cerca la integridad de la suela del nupcial zapato derecho. Cuando quiso levantarse para realizar un heroico intento explicativo que pudiera salvar sus maltrechos huesos de más golpes, recibió en el generoso blanco que su nariz ofrece, el impacto súbito del bolso de su señora, extraído a tal efecto por la misma de la maleta y descargado con destreza a modo de mortífero proyectil contra su cara.
Dos horas después, Gómez despertó aún asustado en la ruidosa soledad de una sala de urgencias, con una gruesa venda sobre su dolor de cabeza y la convicción de que su mujer había tenido éxito en su intento de enviudar prematura y violentamente.
Sin embargo, la espantosa visión de la todavía señora de Gómez, aún enfundada en el traje de novia y con el rostro congestionado por las lágrimas, avanzando a trompicones por el pasillo y blandiendo de nuevo el criminal zapato ensangrentado le arrancó bruscamente de su error apremiándole para emprender una huida que, por otro lado, no le llevó muy lejos. Nada más levantarse con la idea de que su asesina se abalanzaba sobre él, llorando de rabia para rematar su anterior y frustrado asalto, cayó enredado en los cables de su destierro hospitalario, golpeando y perforando en su caída el recipiente de sus recientes residuos líquidos, y hundiéndose en la realidad de su flamante vida conyugal, miserablemente dolorido y cubierto por orina y suero glucosalino.
Aún hubo de transcurrir más de una hora de diplomáticas mediaciones por parte de los médicos, los testigos de la boda e incluso el representante humano de su lazo divino antes de que Gómez consintiera la visita de su mujer, eso sí, bajo la estricta vigilancia del anciano sacerdote.
Tras unos tensos instantes de dubitativo silencio brotaron sin pensar las palabras de disculpa mutua que resonaron en el frío enlosado como fuegos de artificio en nochevieja. Varios minutos después Gómez decidió ejercer el derecho, en favor de su pública y personal salud, de conocer el contenido del bolso asesino que a punto había estado de reorientar su carrera hacia la cría de malvas. Sin embargo, a pesar de que para expresarse tomó una pausa para retener el aliento y el valor necesarios, su respuesta no fue sino la exigencia, por parte de su esposa, de que revelara la identidad de la tal Helga que convirtió la noche de bodas en un drama hospitalario.
Actualmente, después de tantos años y a pesar de que los fallidos y numerosos intentos con los que ambos han pretendido descubrir el secreto del otro han sido llevados a cabo con gran ingenio y a veces valentía, los que conocemos a esta insólita pareja no podemos evitar pensar que en realidad ninguno de los dos desea apagar ya la principal fuente de cohesión que mantiene su convivencia feliz y proporciona un sólido tema de conversación para las tardes bochornosas del verano cuando no hay fútbol ni telenovelas.

* Gabriel Trinidad Ruiz

jueves, 20 de enero de 2011

El día que nunca existió (Jorge Majduf)

Joseph Hanlon (el autor de Who calls the shots y Peace without profit) había ido a Pemba por un reportaje para la BBC a Nteuane Samora Machel. El hijo del célebre revolucionario mozambicano se encontraba haciendo ejercicios militares en el norte; Graça, su madre, estaba en Londres recibiendo un nuevo premio y aún no era la esposa de Nelson Mandela.
 Al día siguiente, Joe y su esposa Teresa programaron una recorrida por las islas y nos invitaron a Nadia y a mí para que los acompañásemos, no sé si por compromiso o porque les caímos bien en la cena con Nteuane. Salimos un viernes o un sábado desde Quizanga, en un barco de pescadores y llegamos a Ibo casi al atardecer.
   Recuerdo, como esta noche, que nos instalamos en una casona antigua, propiedad de un amigo de S.M. Las habitaciones sobraban y yo imaginé que Nadia tomaría la que daba al mar. Porque allí habían máscaras y unas enormes pinturas de algún artista desconocido; y porque Nadia evitaba siempre quedarse en la misma habitación que yo. Pero después de que arrojé mi maleta sobre una de las camas de la habitación trasera, apareció ella e hizo lo mismo. Sin consultarme siquiera, dijo que iba a quedarse ahí, conmigo, porque la asustaban las máscaras que no pueden hablar.
   —Prometo que no diré ni “a” en toda la noche —dije yo, fingiendo suficiencia— y que no intentaré espiarte desnuda.
   —Más te vale— respondió, buscándome los ojos. Sentí en mi boca esos ojos, profundamente azules como los de su madre.
   —¿Hiciste tu reporte diario?— pregunté al rato, refiriéndome a las largas cartas que le escribía a Damián. Ella le detallaba todos los paisajes que había visto durante el día, evitando (lo se) mencionar mi desinteresada compañía. Tal vez disfrutaba más escribiéndole a Damián, mirando las cosas por él que por ella misma; porque el amor es uno de esos pocos estados en que uno es feliz pero además está obligado a reconocerlo. Creo que yo también la quería de alguna forma.
   —Hoy no —dijo tirándose en la cama—  No tengo luz y estoy cansada. Además hoy es un día que nunca existió. Mañana seguirá a lo que fue ayer, ya que no sabemos si fue viernes o si fue sábado... No te molesta, ¿no?
   —Claro que no —dije sin haber comprendido claramente—. Se te nota cansada y algo nerviosa.
   Después de dudar un instante, reconoció: —Sí, es verdad. Hace demasiado tiempo que no sé nada de Damián. Yo sé que también él estará preocupado.
   —Y con más razones —agregué—. Yo que él no te hubiera dejado venir sola.
   —¡Pero si no estoy sola!— casi gritó, incorporándose de golpe. Sin embargo, como era su costumbre, poco después me invitó a retirarme porque quería descansar.
   Con el sol todavía alumbrando, salí con uno de los guardias en busca de azúcar para el té y aproveché el momento para conseguir la zuruma. El guardia fingió no comprender mi portugués pero, poco después, me prometió unas hojitas para el anochecer.
   Cuando volvió a esa hora, los ingleses y Nadia estaban tomando el té en el patio, apenas alumbrados por una vela. Joe y Teresa festejaban una historia de Nadia. Debió contarles la vez que un ministro de la dictadura uruguaya se rió ante el ministro de la marina de Bolivia, porque le oí traducir lo que el boliviano le había respondido a su colega:
   — At what do you laugh? Don’t you have a Ministry of Justice?
   Al lado de la puerta que daba a la calle encontré la sombra del guardia (creo que se llamaba Babá o Dadá, lo que podía ser un nombre brasileño o africano);  sonriendo,  me  dijo  que con aquello me iba a sentir muy bien y que si quería podía conseguir más. Después me habló de Pangane y de otras islas más al sur; confundió América con la américa más pobre, aduló la claridad de mi portugués y no supo decirme si era quinta o sexta-feira.
   Cuando volví al patio (estaba tan oscuro que ni siquiera notaron mis movimientos) Joe me habló sobre un baile que habría en la isla. Me sugirió que fuésemos, Nadia y yo, por lo que adiviné quería quedarse solo con su mujer esa noche. Después me sorprendió que Nadia aceptase ir; porque todo en África le molestaba: el olor de los quimoanes, los mosquitos de los macondes, el machismo de los macúas que imponía a las mujeres el acarreo del agua diaria. Yo le recordé que aún más odioso era el machismo de nuestro orgulloso mundo desarrollado, que prohibía a una mujer mirar una obra en construcción o caminar sola una noche de verano. De aquel diálogo descubrió que siempre había vivido cuidándose de algún tipo de vejación; y que detrás de sus labios desnudos y su mirada clara llevaba incorporado, desde muy joven, un velo tan hermético como ese otro visible que llevan algunas mujeres musulmanas. O peor, porque ni aún así estuvo un día segura entre nuestros latin lovers. Y que si había una raza odiosa en el mundo era, precisamente, esos representantes del sexo superior. ¿Cuándo en India, en Egipto o en Mozambique se había sentido tan amenazada  como en Montevideo o como en Chicago?
   Reconozco que, a pesar de la repetida oscuridad de esa noche, Nadia llamaba la atención de cualquiera; más que de costumbre. Creo que se había arreglado con esmero; para impresionar, como en la fiesta del Buckingham Palace. El sol de África no había hecho mucho sobre su piel; porque no era posible arrancarle  otro color que no fuera el rosado vergonzoso de sus mejillas cuando alguien  le elogiaba la tranquilidad de sus ojos o el trazo ligero de su perfil; y porque le tenía tanto miedo a la intemperie extranjera que nunca salía sin una cantidad excesiva de escudo solar o de repelente para  mosquitos. Bastaba con que el calor le bajara un poco la presión para imaginarse insolada o enferma de malaria, rodeada de dos mil kilómetros de caminos intransitables.
    Esperábamos tambores y negros saltando alrededor de una hoguera y lo que encontramos fue casi lo mismo pero con música  de  Madona.   Mientras  hubo  combustible  para   el prehistórico generador,  los  quimoanes  y Nadia  bailaron  como  animales.
   Pero  la  luz  y  la  música  no  llegaron  hasta  media  noche. Poco antes, se extinguieron en un rugido casi africano. Hasta que todo quedó como en un cuarto oscuro. De a poco comenzaron a distinguirse algunas cosas, sobre todo cuando la luna salía detrás de las nubes: el mar, un enorme cajueiro que limitaba por arriba el patio, el muro de bambú, algunos rostros oscuros y con enormes risas blancas, casi siempre de mujeres con ganas de probar.
   Salí a la calle y tomé por la principal, que era como una avenida ancha y arenosa, limitada de un lado y del otro por espesos árboles negros y ruinas de dos pisos, casi todas abandonadas. No encontré a Nadia y ni la busqué. ¿Tenía yo que cuidar de ella? Creo que sentí rabia y liberación al mismo tiempo. Armé el “cigarro de Mueda” y lo fumé mientras caminaba hacia la plaza.  Entré a la plaza y recorrí todas las sombras y verifiqué que tampoco allí había nadie, como si la población toda prefiriese las palhotas en la selva a los antiguos palacios portugueses. Después tomé por una de las calles secundarias y caminé hasta otra sombra sobre la arena. De repente advertí gente como fantasmas. Algunas personas rodeaban algo y murmuraban quimoane en silencio. Entonces me acerqué para ver que rodeaban a Nadia, acostada en la arena blanca y oscura mientras un hombre montaba sobre su sexo. Estoy seguro que ella me veía y veía a los demás que la miraban. Y estoy casi seguro que sonreía o hacía un gesto que no era de dolor. El hombre era uno de los guardias de la casa, el mismo que nos había acompañado al baile y el mismo que ella mató. Porque fue ella que lo mató con una asada y no yo, como me quiso hacer creer al otro día. Pero eso de nada importa; porque ese día fue el día que nunca existió y nunca nadie lo sabrá. Por otra parte, lo que me había vendido el guardia no era zuruma sino hojas de otra planta que ya no recuerdo el nombre. También en esto se equivoca mi querida Nadia.

* Jorge Majduf. Uruguay. Wikipedia. Ensayistas.org 

sábado, 15 de enero de 2011

Fray Luis y las manzanas (Germán Vieco)

Eran tiempos de guerra y de peste, de fé y de ignorancia. De altas torres de piedra, y chatas iglesias que olían a incienso y a vino, a paja y a manteca. Y en los campos y los caminos - frutos de una era  incierta, empujándose sin fin los unos a los otros - crecían campesinos, soldados, gitanos y brujas.
El sol empezaba a descender en el cielo y Fray Luis, montado en su burro, ajeno a todo este movimiento, volvía a su convento desde los lejanos huertos con las alforjas repletas de manzanas que había cogido esa misma tarde. A los lados del camino los pastos, los olivos y las viñas le miraban pasar con verde y perezosa curiosidad.
Pero el fraile no era consciente de ello. Balanceándose sobre el lomo duro y peludo del burro, canturreaba salmos en voz baja.
Entonces algo le distrajo de su oración. Al principio no fué más que una molestia en la boca del estómago, que poco a poco fue creciendo hasta convertirse en un dolor punzante, absoluto: poco después perdió el mundo de vista y cayó al suelo, con un ruido como de ropa vieja. Luego escuchó el redoble de los cascos del burro al alejarse trotando.
Pasó un buen rato. Tumbado boca arriba en el camino, Fray Luis sintió que el dolor iba dejando paso a un blando adormecimiento que se iba apoderando de él.
- ¿Voy a morir, señor?- preguntó al cielo en voz alta - ¿es este el momento?
El cielo no dijo nada.
Como dice el tópico, su vida entera empezó a desfilar ante sus ojos: se vio primero cantando en el coro, acompañado de los demás monjes, en una mañana de verano. Luego trabajando el pequeño huerto del convento, o - como aquella misma tarde - en las tierras de alrededor, durante las tardes. El cuadro cambió de golpe, y se vio paseando por el claustro, y dibujando miniaturas en la biblioteca, sentado en su pupitre. Ora et labora, decía la regla. Mortificación y renuncia.
Y el libro de su vida seguía pasando capítulos. Volvió a verse cantando en el coro, ahora en una mañana de lluvia. Y trabajando el huerto por las tardes. Y paseando en el claustro, o dibujando miniaturas en la biblioteca, sentado en su pupitre. Con algo de tristeza, se dio cuenta de que todos sus días habían sido el mismo, salvo por algún detalle nimio como el clima, las estaciones o los años. Y por fin, tras una sucesión interminable de cantos, trabajos y paseos, llegó hasta el momento actual, y se vio muriendo solo en un camino polvoriento, sin pena ni gloria, sin cánticos, sin fanfarria de trompetas tocadas por serafines. Por más que se concentraba, no veía el cielo abrirse por ninguna parte.
Sin venir a cuento, una cigarra se puso a cantar en un matorral cercano.
No era justo. Toda una vida preparándose para ese momento, y ahora sentía que había sido inútil. Ni siquiera tenía un pasado licencioso del que arrepentirse, gozando secretamente con su recuerdo de vez en cuando. Sólo cantos, trabajo y paseos. Y alguna miniatura, claro.
- No es justo.
Ni el Diablo se había tomado la molestia de tentarle. Recluido en su santidad - ahora lo veía - se había aburrido mortalmente, y hasta ese aburrimiento se había disuelto en el caldo uniforme de sus días y sus noches. A lo mejor la vida eterna  también era así de aburrida, con el agravante de que no habría verano ni invierno, ni días, ni noches. A lo mejor el cielo era un monasterio infinito con un inagotable huerto, un interminable claustro y una ilimitada biblioteca.
No. Decidió que prefería condenarse a comprobar que así era. Había que hacer algo, y deprisa.
Entonces, a su alrededor, vio las manzanas.
Las manzanas. Habían caído del canasto al huir el burro, y ahora le rodeaban en el suelo, como cándidos centinelas. Algunas eran de un verde pálido y otras amarillas, y la mayoría se teñían a trozos de un  arrebol violento... fijó la vista en ellas, y luego aspiró su olor ácido y al tiempo suave, dilatando mucho las aletas de la nariz. Manzanas, por supuesto. Nada más apropiado.
La condenación de Fray Luis fue rápida, instintiva y urgente: extendió la mano con dificultad, y agarró una de las manzanas. La manoseó, la palpó con algo parecido a la lujuria y en la mitad de un momento aprendió a recrearse en el contacto de su piel lisa y tibia, explorando su superficie una y otra vez  con dedos ávidos e impertinentes. Se la llevó a la boca y la mordió vorazmente, notando cómo el zumo ácido y fresco se le escurría de la boca manchándole las mejillas, el cuello y el pecho. Por primera vez en su vida se sintió lúbrico, perverso y lascivo.
Y entonces, notó que la negrura le invadía del todo. Se dejó llevar, con una sonrisa de triunfo.

***
- ¿Hermano?
Una voz grave. Quizá el Diablo en persona, que venía a recibirle… algo más lejos, un rebuzno.
- ¿Hermano?
Otro rebuzno más fuerte. Abrió los ojos.
Lo primero que vió fueron unos pies calzados con albarcas, que para nada parecían pezuñas de cabra. Más arriba un jubón gastado y una pelliza de lana.
- ¿Estais bien, hermano?
Se encontraba en el mismo camino, ya de noche. Un pastor enorme sujetaba con una mano la correa del burro fugado y le tendía la otra para ayudarle a levantarse.  Se agarró de ella y se incorporó. Al hacerlo pisó una manzana, que reventó bajo su sandalia con un blando crujido.
Fray Luis ya no se sentía un ángel caído, ni un santo, ni un hereje. A decir verdad, se sentía como un perfecto imbécil.
Confundido, miró a su alrededor. Debían haber cerrado ya las puertas del convento. Le preguntó al pastor si podía cobijarle esa noche.
- Pues claro, venid a mi cabaña. Allí tengo queso, y un vino muy bueno.
Tirando del burro echaron a andar camino adelante.
Al doblar un recodo, Fray Luis creyó ver algo a lo lejos. Moviéndose como luciérnagas en la oscuridad había unos débiles puntos de luz: antorchas, seguro. Debían estar buscándole.
Por un momento, las siguió con la vista. Luego se caló la capucha del hábito - empezaba a hacer frío - y siguió andando detrás del pastor, sin decir nada.


Germán Vieco. Otros relatos . L´Hospitalet de Llobregat

martes, 11 de enero de 2011

El Giro (Cesar De Andrés)

EL GIRO


Todo era muy confuso ... . La oscuridad se había hecho mas impenetrable y húmeda. la Profecía parecía haberse cumplido. Froth buscó algo que le indicase donde se encontraba, una referencia por pequeña que fuera.  Lo ocurrido parecía estar fuera de su alcance. Tras unos minutos de mudo pánico, aumentado  por el grito de mil gargantas a su alrededor, su mente comenzó la composición del rompecabezas  con las escasas  piezas de que disponía.

¿ Cómo pudo suceder ? ... vinieron a su mente antiguas leyendas contadas por los mas viejos; la Profecía  había formado parte de sus cuentos desde la infancia: "El mundo girará vertiginosamente, ...crujidos profundos y ensordecedores, ... entonces las coordenadas cambiarán ... el arriba no será mas ... la oscuridad se hará profunda ... y el giro parará para siempre... y entonces la luz cegará ...  comenzará la búsqueda";  estos míticos relatos comenzaban a asemejarse demasiado a lo que acababa de ocurrir.

Minutos antes Froth se encargaba como todos los días de su trabajo de almacenista. Eso hacia que  conociese muy bien todos los caminos de su complejo y algunos del nivel superior; el como jefe de decimotercer almacén tenía ese privilegio.

 De poco le servían ahora sus privilegios y conocimientos, las cosas ya no eran como antes aunque todo le parecía tétricamente familiar... todo parecía pero no era,...  al principio pensó que sería el efecto causado por la escasa luz que se  filtraba entre el polvo en suspensión, pero cuando consiguió  distinguir entre las  polvorientas brumas las señales, que ya no estaban como siempre en las paredes sino que se distribuían por suelo y techo, la frase  "el arriba no será mas"  le golpeó machaconamente la cabeza.

Pasados unos instantes, en los que su respiración sonó ronca y agitada,  se obligó  a reconstruir lo acaecido desde un principio, era necesario si quería orientarse y buscar una salida rápida a la situación:

 Estaba camino a su oficina ..., primero fue una vibración rápida, que le revolvió el estómago,  acompañada de un ensordecedor ruido. Casi inmediatamente un profundo olor a hidrocarburo y madera quemada llegó  hasta su experto olfato. Todos corrían gritando a su alrededor, soltando sus cargas y pertrechos. De pronto, durante unos instantes, la situación pareció normalizarse. El tiempo se detuvo  y nadie parecía respirar.

Fue entonces cuando pareció cumplirse la Profecía. Un lastimero aullido retumbó  en su mundo. Un viento huracanado, jamás visto, recorrió los conductos empujándolo todo con una fuerza irresistible.
Todo se revolvía en la colonia,  las pesadas cargas que con anterioridad laboriosos peones dirigían al almacén de su nivel, volaban ligeras, pero mortíferas cuando aplastaban contra las paredes a los inocentes trabajadores que se confundían con ellas en su vuelo incontrolado. El viento fue sustituido por una lenta pero inexorable y creciente inclinación del complejo. Froth que había conseguido salir indemne del chorro de aire plagado de proyectiles, comenzó a incorporarse cuando, perdido el  equilibrio, se lanzó contra la pared mas próxima en la búsqueda de un apoyo que su cabeza parecía no ubicar correctamente. Nuevos crujidos intermitentes y de desgarrador lamento,  llenaron el aire de la cavidad.
La inclinación aumento, su  velocidad se incrementó  en una progresión inimaginable, que hizo que Froth solo pudiese lanzar un mudo grito, abriendo su boca de manera inverosímil, mientras se apoyaba en la pared hasta el extremo de fundirse con ella.

El primer impacto , seguido de estruendosos gemidos, fue de tal magnitud que Froth rebotó de pared en pared. En seguida, una desconocida fuerza le volvió a elevar bruscamente hacia un lado, para inmediatamente caer como resorte a su posición anterior. Este proceso se repitió varias veces  ... no pudo evitar golpearse, en cada una de las ocasiones  en que su mundo osciló con bruscos lamentos de madera rota.

"El Giro" ... comenzó .  Froth resbalaba alrededor de paredes, suelos y techos al unísono con el rápido giro de su mundo. Aunque sólo duró unos segundos, a él, le parecieron décadas.

¿ Qué pasó ? se preguntaba una y otra vez mientras observaba, por su único ojo sano, las heridas de su cuerpo y escuchaba, entre punzantes dolores, los miles de lamentos que le llegaban desde todas las galerías.

Todo era muy confuso.... Tras unos breves instantes en los que pareció perderse en sí mismo,  Froth comenzó a avanzar retirando con rabia los escombros que le entorpecían el paso. Los que aun podían caminar, reconociendo su superior rango, empezaron a seguirle calladamente. Nadie preguntaba nada. Froth callaba. Sus pensamientos no estorbaban sus intentos por orientarse en el caos, no sabía porque, pero lo sabía ... de no encontrarse con nadie de mayor autoridad,  tendría él que dirigir a los que le seguían.

 La destrucción lo cubría todo, y Froth se dirigió,  impulsado por esa desconocida  fuerza,  hacia una apertura de cegadora luz ...todos le acompañaban sin protestar a pesar de lo molesto que resultaba soportar esa luminosidad.  Lentamente, pero sin pausa, comenzó el éxodo fuera de un mundo muerto, que hasta entonces había sido el único existente ... la búsqueda comenzaba.

En lo alto, un  musculoso hombre con una motosierra aun caliente en su mano derecha, se secaba el sudor que perlaba su frente, mientras observaba con indiferencia a una columna de blancas termitas emerger del árbol recién derribado, ... en lenta procesión.

César de Andrés
Noviembre gélido de 1996
México D.F., pero gachupa al fin.
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