martes, 24 de mayo de 2011
El reloj de Dios
martes, 17 de mayo de 2011
La Bancarrota del alma
En la compleja e injusta economía del sentimiento no es cierta la máxima de que uno recibe lo que da, mas bien al contrario algunos recogen exiguos dividendos después de sus abundantes inversiones en amor, al tiempo que otros afortunados son premiados con ingentes cantidades de afecto sin apenas haber aportado nada a cambio. Esta balanza desigual se desestabiliza aún mas en tiempos de crisis, justo cuando la burbuja emocional llega a su fin y explota, cuando las fantasías y las ilusiones vacuas se desmoronan porque al final no había nada debajo de ellas que las sustentara
De nada valen las quejas ante ningún organismo supervisor, en la imprevisible y traidora economía del sentimiento no existen mas reglas que las que nacen del corazón, reglas absurdas y sin sentido que a modo de latidos se pierden en el eco del vacío de nuestro pecho. En las cuentas corrientes del alma después de la derrota no quedan mas que suspiros, largas listas de promesas incumplidas y depósitos a largo plazo de lagrimas que nunca llegaron a brotar.
En la etérea y cambiante economía del sentimiento los errores se pagan con la vida, y al final, de un modo u otro todos pierden, los ilusos la ilusión, los fríos calculadores sus pronósticos, los codiciosos su fortuna, los perdedores su propia derrota. Todos nos creemos dioses cuando nos enfrentamos al precipicio del amor, y saltamos al abismo, y agitamos nuestros brazos, como torpes muñecos creyendo que de ese modo se transformarán en alas.
viernes, 13 de mayo de 2011
Agosto
Agosto es siempre el mismo, se repite una y otra vez, como una comida difícil de digerir. Es el Agosto de la infancia, de veranos eternos y playas que no queman, de correr las olas hasta arañarse el pecho con las piedras de la orilla, de mirar furtivamente bellezas escandinavas y soñarlas en la noche, de partidos de fútbol en la alameda, con la noche cerrada y el guarda al acecho, de pelis de verano de mayores robadas desde una terraza vecina. Es el Agosto de los veinte, en la terraza del club marítimo con los amigos que no piensan estudiar para septiembre, de cafés con hielo y risas, de escapadas al espigón o a cualquier otro sitio donde desahogar el deseo acumulado durante el día, de conciertos en polvorientas plazas de toros, de noches rusas con vodka en el Puerto Banús, de planes, de sueños, de ilusiones lejanas y posibles, de amor, de dolor y de futuro. Es el Agosto de los treinta, de niños que juegan en la arena ajenos a un mundo que agoniza, de baños desnudos por la noche, de luna llena y sal en los labios, de arenas blancas de Bolonia, de cenas al fresco de la terraza con los amigos que parece que siempre estarán ahí, de proyectos para cambiarlo todo que luego no cambian nada. Es el Agosto de los cuarenta, de días de exilio y penas, de las cosas que vuelven como regalos del tiempo, de días que vuelan y se escapan como arena entre las manos, como las arenas blancas de Bolonia que aún se sienten rozando la piel, como si fuera ayer, como si fuese hoy. Es el Agosto eterno y fugaz del tiempo que no existe, el que nos quema y nos enciende pero al tiempo nos mata, como el verano, que va llegando a su fin y arrastra lo vivido haciéndonos dudar si pasó o tan solo fue un sueño.
miércoles, 11 de mayo de 2011
Casualidad
Fue casual, como casi todas las cosas que ocurren, mediadas por una causalidad basada en el azar. El envío del artículo "Cambio de Rumbo" al blog se quedó colgado, y a partir de ahí tres días sin ADSL ni teléfono, como si algún tipo de señal avisara de lo innecesario y equivocado de cambiar el sentido al camino del blog. Pero insisto, persisto, aquí va otra foto acompañada de palabras para afianzar ese definitivo cambio de rumbo.
viernes, 6 de mayo de 2011
Cambio de Rumbo
Desde hoy fotos y textos asociados de forma arbitraria.
O no.
sábado, 5 de marzo de 2011
Las hipótesis (Jorge Gómez Jiménez)
- Es usted una mujer delicada. Puedo olerlo.
Varios años más tarde, casada y sin necesidad de trabajar, Grazia asistió a una obra de teatro. En cierto momento de la representación, el rey - no un actor interpretando al rey, sino el rey- hizo su entrada en el escenario, decorado como una vieja tienda, tomó algunos víveres, los puso sobre el mostrador y le dijo a la cajera, tras olfatearla: "Es usted una mujer delicada. Puedo olerlo".
Grazia elaboró dos hipótesis en torno al hecho.
Según la primera, el rey no era el rey, sino un dramaturgo que había guardado la escena en su cabeza durante años, antes de decidirse a escribirla y, gracias al azar, protagonizarla.
Según la segunda, el rey era el rey, pero habiendo ella contado la extraña aparición a sus amistades, pudo llegar la escena a oídos de un dramaturgo quien, procurando el mayor realismo para su representación, invitó al rey a representar su propio papel.
La hipótesis que nunca se le ocurrió a Grazia era la que encerraba la explicación del enigma. Grazia nunca había existido en otra cabeza que en la del rey.
* Jorge Gómez Jiménez. Cagua. Venezuela. Escritor. Editor de Letralia
martes, 1 de marzo de 2011
El Alma de los juguetes (Rafael Orihuel Iranzo)
Me volvían loco tus besos serenos y trabajosos, tus dedos demorándose largamente en mi cuerpo, la esmerada elaboración artesanal de tus caricias. Me conmovía la generosidad casi pródiga con que administrabas tu encanto, con que hilvanabas las palabras que brotaban de tus labios, el candor con que formulabas las promesas, los votos, las mentiras incluso, con que nos conjurábamos. Me gustaba preguntarme a mí mismo y maravillarme, como durante años me pregunté y me maravillé (pensando casi siempre en ti), por los insondables misterios de la belleza, me fascinaba la azarosa inmanencia, la suprema afección que destina a la belleza a morar en determinados seres escogidos, a quienes convierte en sus portadores, en sus caballeros del Grial, y me decía que ese esplendor sobradamente te justificaba, te eximía de cualquier moral, de cualquier absurda atadura.
Me gustaba oírte hablar de tus juegos de niña, de las muñecas que ocupaban tus horas de recreo, de aquella que fue tu favorita durante años, pese a su mutilación o precisamente a causa de esa mutilación, pues tu perro Duncan (también me gustaba oírte hablar de tu perro Duncan) le había arrancado y roído una pierna. Te imaginaba acariciando su cuerpo de goma, peinando sus cabellos de estropajo, presionando su pecho hasta oírla gemir, mimándola y arrullándola bajo el cálido embozo de tu cama blanca.
Me preguntabas por mis juegos y yo te hablaba de los seres que habitaban la geografía de lo que los mayores llamaban el cuarto de los niños: los indios de plástico, verdosos, de un tono acaso no casualmente aceitunado (me educaron en la doctrina de que a las tres razas principales se debía añadir esa cuarta raza, de título vegetal); y te hablaba de la exigua tropa azul gualda del séptimo de caballería, pertrechada para la batalla en el altillo del armario; de las delirantes arquitecturas que levantaba con mi mecano; de los coches de carreras adornados con calcomanías que impulsaba y hacía chocar friccionándolos contra las frías baldosas del suelo, pero que pronto se volvían inservibles, pues yo los desarbolaba, los troceaba caprichosamente como hacía con las muñecas que mis hermanas internaban como castigo en aquél cuarto, y que lentamente eran despedazadas y diseccionadas por mí, sus cabellos quemados, sus ojos expulsados de sus órbitas, sus dedos rígidos cuidadosamente amputados.
Te miraba, te tocaba, te besaba, nuestros cuerpos convergían en un calor atávico que diluía las tardes opacas, que creaba islas de amor en el océano hostil de nuestros dolorosos mundos. Invocábamos la luz, la eternidad, la unidad irrevocable de todo lo diverso, pero el misterio de tu belleza (una belleza acaso tributaria de designios ajenos), tu misterio, seguía sin desvelarse.
Qué extraños y complejos engranajes animaban tu sonrisa inmensa, qué visiones extáticas se escondían detrás del escenario de tu mirada, qué pigmento remoto teñía de oro el vello de tu piel rosada. Te convertiste en una obsesión, un enigma reclamando ser descifrado, una realidad necesitada de mi lunática vivisección. Y no me lo impediste, tu entrega fue irracional, absoluta, sin fisuras (siempre fuiste dadivosa y desprendida y no te excluiste a ti misma del ejercicio de esas cualidades).
Deberías haber gemido cuando la sangre inició su curso, protestar quizá, manifestar una sombra de disgusto en tu frente serena, pero tú te dejaste hacer, tu silencio fue cómplice, cooperador necesario de mi búsqueda, el fulgor rojo sobre las sábanas fue homenaje de ancestrales sacrificios. Dónde, dónde. Dónde anida el secreto de tanta belleza, me decía yo, mientras procedía a hurgar bajo tu piel, mientras me disponía a adentrarme en la amarga viscosidad de tus vísceras, a tomar tu corazón entre mis manos (aún caliente, aún contráctil, aún hermoso) y apretarlo sobre mi pecho, mientras ciegamente, obedeciendo a la voz implacable de mi delirio, procedía a reducirte a ínfimos pedazos, a descomponerte como tantas veces hice furtivamente en la quietud tenebrosa del cuarto de los niños, intentando encontrar el alma de los juguetes, intentando anticipar el improbable descubrimiento del secreto de tanta belleza; dónde, dónde guardas el misterio, te imploraba, te interpelaba, a ti o a la multiplicidad heterodoxa de tus fragmentos; dónde, dónde lo ocultas, gritaba fuera de mí, mientras al sustraerte el último soplo de vida que aleteaba en tu interior (el último latido, el último temblor de tu carne, el último eco de tu ya inútil nombre) te sentí, por fin, completa e irremediablemente mía.
* Rafael Orihuel Iranzo. Entrevista. Recopilación. Premio.




